El arte holográfico, criptomnesia y epigenética en Ilse Ortiz de Manzanares

¿Por qué arte holográfico? Comencemos por lo que es un holograma: es una fotografía tridimensional confeccionada con ayuda de un rayo láser, como lo vimos en la Guerra de las Galaxias.

Para producir un holograma, se proyecta un haz láser hacia un objeto y a continuación se hace rebotar un segundo haz láser en el reflejo de la luz del primero. Lo que se registra en un trozo de película para crear un holograma es el patrón que crea la interferencia de los dos haces láser. A simple vista, la imagen en ese trozo de película no tiene significado; pero si a través de esa película revelada se proyecta otro haz de láser, la imagen reaparece completa y tridimensional.

Holomensaje, Ilse Ortiz de Manzanares, aluminio reciclado y cortado sobre madera laqueada. 2015.

Holomensaje, Ilse Ortiz de Manzanares, aluminio reciclado y cortado sobre madera laqueada. 60 x 60 cm. 2015.

La imagen registrada en un holograma difiere de una fotografía convencional en muchos sentidos. Si cortamos una fotografía normal por la mitad, cada parte contendrá sólo la mitad de la imagen contenida en la fotografía original. Esto se debe a que cada diminuta sección de la fotografía, tal como cada punto de una pantalla de televisión en color, contiene nada más que un único fragmento de información de la imagen entera. En cambio, si se corta un holograma por la mitad y se proyecta un haz de láser a través de una las secciones, se comprobará que cada mitad contiene la imagen completa del holograma original. Cada diminuta parte del holograma contiene no sólo su propia sección de información, sino también la del resto de la imagen; así es como se puede cortar un holograma en pedazos y cada porción individual contendrá una versión borrosa pero completa de la imagen entera. Dicho de otro modo, en un holograma cada parte de la imagen forma parte de todas las demás partes, de la misma forma que en el universo no localizado, pensado por el físico David Bohm, todas sus partes se contienen.

Esa es la intención en la obra de Ilse Ortiz de Manzanares, en la que desde sus pinturas de los setentas hasta sus esculturas actuales, pasando por su arte reciclado, cada imagen contiene la información de la otra, plegándose y desplegándose, para compartirla con nosotros. Esa información contenida en su obra, ya estaba presente en la escultórica mesoamericana, como lo registra la arquitecta mexicana  Iliana Godoy en su investigación “Coatlicue: visión holográfica”.

Tlamatinime, Ilse Ortiz de Manzanares, acero y laca automtriz, 2014. Escultura de Zapatera, actualmente en el convento de San Francisco de Granada.

Tlamatinime, Ilse Ortiz de Manzanares, acero y laca automtriz, 2014. Escultura de Zapatera, actualmente en el convento de San Francisco de Granada.

A la luz de estos conceptos de la física contemporánea, resulta sorprendente encontrar en los desdoblamientos, abatimientos y giros que muestran las esculturas prehispánicas de las islas de Zapatera y de Ometepe,  los principios del universo plegado y desplegado, visión holográfica y sincronicidad que la investigadora Iliana Godoy analiza en la escultura náhuatl.

Conceptos  presentes también  en rangos más amplios del arte prehispánico mesoamericano, que incluye el tiempo en su expresión como elemento fundamental y que Ilse Ortiz de Manzanares recupera en sus esculturas holográficas, estructuras que se interrelacionan y que responden a la simbología náhuatl aún antes de que ella tomara contacto con ella, siendo estos casos muy frecuentes entre los artistas visuales entregados a representar una sensación y luego resulta que  es una imagen preexistente, fenómeno al que Carl Gustav Jung  llamó  criptomnesia, que demuestra que algunos episodios de creatividad, no son más que imágenes de un material que pervive en el inconsciente colectivo y son  captados por el artista , quien sin reconocerlos, es el primer asombrado cuando estos se vuelven conscientes, -lo que sólo ocurre a veces- de manera secundaria, sea a través de una lectura, un descubrimiento fortuito o la observación de un tercero.

Nahui Ollin, Ilse Ortiz de Manzanares, latas de aluminio recicladas. 2014.

Nahui Ollin, Ilse Ortiz de Manzanares, latas de aluminio recicladas. 2014.

Ya en los años setenta, Ilse manifiesta esos desdoblamientos desde un lienzo obscuro del que surge una forma metálica fracturada, doblada, pero siempre repetida. A propósito, la crítica de arte del “boom latinoamericano” Marta Traba, escribió:

Grandes cuadros oscuros, despojados, que logran una fuerte irrealidad por el juego dramático de las luces. Maneja con gran dominio las luces y las sombras al estilo de Zurbarán, Caravaggio o Rembrandt, los maestros de la pintura barroca europea.”

Marta Traba (1981:55)

Traba, aún enfocada en las escuelas del arte europeo, dada la época en la que escribió sobre la artista, no tenía en su mirada presente el arte mesoamericano y menos el holograma cuántico, pero sí percibió cómo había un registro antiguo en el lenguaje de la artista.

Sólido herido, pieza tridimensional. Técnica mixta, 125 x 100 cm. 2002.

Sólido herido, pieza tridimensional. Técnica mixta, 125 x 100 cm.

La epigenética del arte

La epigenética (del griego: epi -sobre- y genética) se introduce en el campo de la biología en los albores del siglo XXI. Su búsqueda se ha enfocado en incorporar nuevas preguntas que establezcan por qué dos hermanos, herederos de los mismos genes, parecen diferentes, actúan en forma distinta y responden a la vida en forma disímil, conteniendo exactamente el mismo material genético. Esto llevó a los científicos de la epigenética a inferir que el ambiente genera una influencia decisiva en su  función genómica, dejando la misma impronta en varias generaciones.

La epigenética está descifrando los lenguajes del genoma y mostrando como nuestras experiencias colectivas localizadas, pueden «marcar» nuestro material genético y sus huellas pueden ser transmitidas a generaciones futuras así como son heredadas del pasado.

Chachigüegüe, fibra de vidrio laqueada, 2012; Monolito, aluminio reciclado, 2013; Ollin I, fibra de vidrio laqueada, 2012-

Chachigüegüe, fibra de vidrio laqueada, 2012; Monolito, aluminio reciclado, 2013; Ollin I, fibra de vidrio laqueada, 2012-

Hasta hoy, se han podido discernir mecanismos epigenéticos en una gran variedad de procesos fisiológicos y patológicos, pero también psicológicos. Por ejemplo, el Dr. Wolf Reik, ha explicado cómo la identidad de la célula viene marcada “por un interruptor” que es encendido o apagado de acuerdo a la marca genética y el Dr. Michael Skinner, nos dice que ahora entienden que cuando un gen está desactivado, se debe a los sucesos colectivos que le han marcado, lo que la psicóloga Rachel Yehuda ha confirmado en su trabajo con los herederos de los sobrevivientes del holocausto, quienes sufren de estrés postraumático aunque sean ya la tercera generación.

Asimismo, el pueblo ngöbe-bugle en Costa Rica, canta una canción muy antigua, que se llama “La gota de Sangre –Dari Motoá” y que sin saber de ciencia epigenética, cuenta cómo cuándo vinieron de más allá del océano los extranjeros, y mataron al primer ngöbe, esa gota de sangre cayó en el agua y se expandió, bañando a todos.  Un concepto epigenético que los pueblos originarios ya conocían, y que como tantos otros conocimientos, la ciencia Occidental está descubriendo en el siglo XXI. (Escucharla aquí por Unchi, del Proyecto Jirondai:

),

Entre los múltiples hallazgos de la epigenética, se encuentra el del Dr. Wolf Reik alrededor de la intervención externa de la fecundación in vitro, que ha coincidido con una alta incidencia de condiciones problemáticas en los mamíferos concebidos bajo este sistema, porque induce a algunos genes a apagarse con sólo poner el embrión en una platina.

¿Qué tiene que ver esto con el arte y con Ilse Ortiz de Manzanares?

Cuando Jung hablaba de criptomnesia en la producción artística de algunos individuos, no contaba con la información de cómo, al separar al colectivo de sus raíces, mucho de la epistemología originaria se apaga, tal como un embrión en la platina. Este suceso, se ha venido llevando a cabo desde la conquista, la colonia y la transfusión del consumismo en vena, y por supuesto, de la globalización, que pretende la homogenización de la cultura (eurocéntrica, por supuesto).

Al caer el muro de Berlín, cede con él  el equilibrio global que era posible en el mundo gracias a la existencia de dos fuerzas antagónicas que mantenían “un pulso,” que bajo su forcejeo, dio lugar a un espacio de reflexión y cuestionamiento, que generó en América Latina el así llamado “Boom latinoamericano”, que se reflejó en las artes visuales de Centroamérica en grupos como Vértebra en Guatemala y Praxis en Nicaragua. En éste último, expone Ilse Ortiz de Manzanares, siendo una de las primeras mujeres del Istmo que rompe con los esquemas tradicionales del arte femenino y su figuración, engarzándose en las luces y las sombras de esquirlas plegadas y desplegadas, al tiempo que Claudia Fuentes de Lacayo se enfoca en las huacas (los entierros prehispánicos) de la memoria.

Composición 10, mixta sobre lienzo, 107 x 84 cm.  2004.

Composición 10, mixta sobre lienzo, 107 x 84 cm.

Estas imágenes debían marcar la epigenética del arte centroamericano, abriendo nuevas miradas, desde puntos de vista no patriarcales, pero llegó la globalización y con ella el triunfo absoluto del capital y sus ferias y bienales, trasladando a la platina del “no pensemos” ese patrimonio (en este caso “matrimonio”, por su línea matriarcal). De ahí, que cualquier vuelta a ese espacio, es para los curadores y marchantes del “arte actual”, una tendencia “ochentera”, un calificativo despectivo, ya que la mentalidad mercantilista no les permite vislumbrar la riqueza de una herencia que facultaría la innovación en las nuevas generaciones, otro término denostado por el eurocentrismo, y que algunos curadores centroamericanos, en su posición de obedientes lacayos de la institución del arte, siguen a pie juntillas, a partir del decreto de Arthur Danto, “del fin del arte”. Así que “todo se vale”, siempre y cuando no haya que pensar mucho y continuemos en la vía del apropiacionismo, garantizando -eso sí- que los artistas sean muy jóvenes (más allá de los cincuenta años están perdidos), y que sean aprobados por las reglas globales del arte.

Lo interesante en esa actitud apropiacionista, es que a pesar de venir directamente del pensamiento eurocéntrico, ignora los hallazgos y recomendaciones que sobre la innovación han compartido figuras de Harvard, como Clayton Christensen, quien al ser cuestionado sobre por qué la innovación disruptiva en América Latina está prácticamente ausente, él ha explicado que considera que se debe a que los fondos que se generan en nuestros países, ya sea por inversión extranjera o nacional, no se reinvierten en incrementar las posibilidades innovadoras y creativas en la gente, sino en papeles en Estados Unidos. Asimismo, el hindú Anil Gupta, con su proyecto Honeybee Network, ha demostrado que la innovación es posible y comprobable entre los campesinos más pobres de la India, porque deben solucionar sus propias necesidades desde lo que tienen a mano, lo que los impele a crear herramientas y posibilidades desde una mente no colonizada.  Este es un video al respecto:

Ese alto precio que hemos pagado por la actitud mediocre que exige importar “aquello que es mejor en U.S.A. y en Europa”, nos ha conducido por la misma senda de Guamán Poma de Ayala, de quien tanto habla la preclara boliviana Silvia Rivera Cusicanqui.

Supuesto autorretrato de Felipe Guamán Poma de Ayala.

Supuesto autorretrato de Felipe Guamán Poma de Ayala.

Poma de Ayala, cronista indígena del Virreinato del Perú del siglo XVI, escribe un compendio de 1189 páginas, casi todas con dibujos, dedicado a Felipe III de España, con el fin de convencer al rey sobre cómo él y su pueblo, “eran tan civilizados como él mismo lo era y así también buenos cristianos”. De la misma forma, la institución del arte centroamericana, se afana por ser reconocida en la Bienal de Venecia, en ARCO y similares, produciendo arte como el “de las grandes capitales” para demostrarles que somos “tan desarrollados”, como ellos. Y así, también se montan bienales locales para, como Poma de Ayala, demostrar a las “altas autoridades” del arte internacional que “pueden seleccionar a algunos aborígenes para puestos de confianza por acá”; ( o sea, algunos curadores locales “triunfadores” en escenarios globales, que han sido seleccionados por espacios internacionales de prestigio y son casi “adorados” por los medios de comunicación y por los arribistas de estos pagos).

Ante este panorama, la epigenética en el arte centroamericano puede brindarnos “interruptores” para activar nuestra reflexión, como la obra de Ilse Ortiz de Manzanares, una oportunidad para revalorizar lo que nace en este Istmo y trae en su alforja nociones olvidadas que pueden volver a activar los interruptores genéticos del arte local, en lugar de la carrera desesperada por el reconocimiento externo, que apaga los genes de la imaginación en pos de parecer “arte globalizado”, causando un tremendo estrés psicogenealógico que se ahoga en estériles esfuerzos por aparentar ser lo que no se es.

Cipactli, latas de aluminio recicladas sobre panel de madera laqueada y grattage, 25 x 39 x 3" 2014.  Colección Fundación Rozas Botrán.

Cipactli, latas de aluminio recicladas sobre panel de madera laqueada y grattage, 25 x 39 x 3″ 2014. Colección Fundación Rozas Botrán.

 

Por: Marcela Valdeavellano.

Para ver más sobre Ilse Ortiz de Manzanares:

http://www.ilseortizmanzanares.com/

2 pensamientos en “El arte holográfico, criptomnesia y epigenética en Ilse Ortiz de Manzanares

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